En memoria de José Enrique Serrano
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En memoria de José Enrique Serrano

En estos momentos políticos tan crispados puede sorprender la rara unanimidad en el respeto que suscita la figura de José Enrique Serrano, JES para muchos de quienes lo frecuentaron. Desde luego no es una sorpresa para quienes tuvieran la ocasión de conocerle.

En mis casi 50 años de actividad política pocas personas han tenido tanta influencia sobre mí como José Enrique. Trabajé con él de forma especialmente intensa entre los años 1991 y 1996. Él había sido Director General de Personal en el Ministerio de Defensa y Narcís Serra le nombró Secretario General de la Vicepresidencia del Gobierno en 1991. Ese mismo año yo era nombrado también por Narcís como Director del Departamento de Análisis del Gabinete de la Presidencia del Gobierno. En 1995 José Enrique fue nombrado Director del Gabinete de la Presidencia del Gobierno y yo fui promovido a Subdirector de dicho Gabinete. JES ha sido para mí algo más que un gran maestro. En aquellos años, a pesar de nuestra diferencia de edad, trayectoria y carácter, desarrollamos una gran complicidad personal que acabó convirtiéndose en amistad.

Fueron los años magníficos de los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Expo de Sevilla, pero también los años terribles del intento de derribar al Presidente Felipe González por métodos extraconstitucionales, como acabaron por admitir algunos de los conjurados. A nadie sorprenderá que al evocar ahora aquellas circunstancias mencione la frase de Mark Twain según la cual la historia no se repite pero rima. Recuerdo casi con nostalgia como en aquellos tiempos teníamos que ir al quiosco de la Puerta del Sol cada noche al filo de la madrugada para comprar las primeras ediciones de los diarios y poder prepararnos para la siguiente jornada.

Muchas son las razones por las que José Enrique Serrano mereció siempre el respeto de tantos. Quizá la primera razón es que el también respetaba a todo el mundo, que jamás se dedicó a zaherir al adversario ni se prestó a maniobras de desprestigio y engaño que tanto degradan la política.

Era persona extraordinariamente discreta y por ello se le encomendaban misiones delicadas. Como anécdota puedo decir que cuando gobernaba Rajoy, él era una de las personas que mantenía la relación del PSOE con el gobierno, especialmente en lo que se refería al proceso independentista en Cataluña. Y que, a pesar de que yo era entonces primer secretario del PSC y mantenía con él una relación de gran confianza, no lo supe de su boca. Rehuía siempre cualquier protagonismo, y quizá eso le hacía aún más eficaz en su labor, en la que el diálogo y la búsqueda de entendimiento eran una constante.

Otra característica que resaltaba siempre en la labor de JES era su rigor. Persona culta, nunca hablaba por hablar y cuando se pronunciaba sobre algún tema, lo hacía tras haberlo estudiado con detenimiento y profundidad. Ello era probablemente fruto de su trayectoria académica y solidez jurídica como profesor de Derecho del Trabajo, y uno de los coordinadores de muchas ediciones de la obra de referencia Legislación Social Básica. Su compromiso con el rigor le llevaba a exigirlo también a sus colaboradores, tanto del Gabinete de la Presidencia, como de los distintos Ministerios. Cabe destacar también su dominio de la lengua, y su manera de expresarse oralmente y por escrito de forma precisa, sin verborrea ni innecesarias florituras. ¡Cuántos y cuán variados discursos salieron de su pluma!

Quiero recordar también que antes de dedicarse al servicio público estuvo muy implicado en el movimiento de los Profesores No Numerarios en los años 70, implicación que le llevaría a ser vicedecano de la Facultad de Derecho y Secretario General de la Universidad Complutense.

Era leal, profundamente leal, a sus principios, y a quienes le otorgaban su confianza. Rara avis, pudo trabajar con dirigentes socialistas de diversas generaciones y sensibilidades como Gustavo Suárez Pertierra, Narcís Serra, Felipe González, Joaquín Almunia, José Luis Rodríguez Zapatero, Alfredo Pérez Rubalcaba o Pedro Sánchez. Era socialista convencido, pero lejos de catecismos, argumentarios u obediencias debidas, alguien a quien se debía convencer con datos y razones, lejos de dogmas o apriorismos.

Con motivo de su fallecimiento muchos ensalzaron su carácter de hombre de Estado, y desde luego lo fue. Tenía un altísimo sentido institucional que pasaba siempre por delante de cualquier urgencia o conveniencia particular. Fue merecedor de la Orden del Mérito Constitucional.

La tierra le será leve, pero ha dejado una huella imborrable en quienes le conocimos. Y le echamos mucho de menos.

 

Miquel Iceta

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