La Transición, como cualquier obra humana, puede y debe ser objeto de crítica, pero no de descalificación gratuita.
En el momento de celebrar el 37º aniversario de nuestra Constitución es hora de rendirle un merecido homenaje: la Constitución de 1978 abrió el período más próspero y fecundo de la historia de España, se mire por donde se mire. Hago esta afirmación para salir al paso de los que de forma injusta, ignorante o interesada tienden a desmerecer la Transición española y sus logros. La Transición, como cualquier obra humana, puede y debe ser objeto de crítica, pero no de descalificación gratuita. Las elecciones de 1977, los Pactos de La Moncloa y la Constitución de 1978 fueron el trípode en el que se asentó el mayor acierto político de nuestra historia colectiva, un acierto que recibió un decisivo empuje en la derrota del intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 y en la victoria socialista del 28 de octubre de 1982. Quizá en el futuro se alcancen hitos democráticos y de progreso de calado histórico como la Constitución de 1978, pero será difícil que la superemos.