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En recuerdo de Anna Balletbò
Cuando Eugeni, su hijo mayor, me ha dado la triste noticia de la muerte de Anna, he sentido una sacudida en el corazón. Si alguien ha demostrado a lo largo del tiempo su vitalidad desbordante ha sido Anna Balletbò. Era una verdadera fuerza de la naturaleza. Por desgracia, un golpe fulminante nos la ha arrebatado justo cuando estaba preparando la 30ª edición de las Jornadas de Economía en S’Agaró, organizadas por la Fundación Internacional Olof Palme que Anna presidía.
La recuerdo de siempre, no podría precisar el momento exacto en que la conocí. Probablemente fue antes de empezar la campaña de las elecciones generales de 1982 cuando ella era, creo, la responsable de propaganda del PSC. Pro quizá fue antes, no estoy seguro. Porque Anna siempre estaba, siempre ha formado parte de nuestra vida. Corría una leyenda por el partido según la cual en uno de los momentos fundacionales, cuando buscaban una sala para hacer una reunión decisiva, al abrir la puerta la encontraron ya sentada y preparada para el trabajo.
Quizá recuerdo mucho aquella campaña del 82 porque las campañas electorales eran entonces, como ahora, muy exigentes con respecto a la dedicación y a la capacidad de tomar decisiones sobre la marcha. Anna parecía encontrarse en su medio natural.
Quizá, entre otras cosas, porque era periodista, dominaba bastante unos medios de comunicación que hasta hacía poco no estaban al alcance de los partidos de la oposición democrática, ya fueran diarios, radios o televisión pública -no había otra. Conocía a casi todos los periodistas y era capaz de redactar notas de prensa en un abrir y cerrar de ojos. Para muchos era una de las fuentes informativas imprescindibles de un PSC en fase de construcción.
Socialista, catalanista, feminista, había representado al PSC en muchos foros, y había tenido un destacado protagonismo en las Jornades Catalanes de la Dona. Todavía recuerdo cómo me arrastró en su coche repleto a un encuentro de las mujeres de la izquierda europea en el que también participaba Eulàlia Vintró.
Tenía un carácter tan fuerte como sus convicciones, y era difícil hacerla cambiar de opinión. Movía la cabeza, los brazos y las manos como para subrayar lo que decía, y podía acalorarse mucho si creía que a cuestión a debate lo valía. Tenía una gran capacidad de trabajo, y parecía conocer mejor que nadie los contactos y los recursos necesarios en cualquier situación.
Probablemente el momento que todo el mundo recordará hoy fue su presencia, embarazada, en el Congreso de los Diputados durante el golpe de Estado del 23-F, y cómo aprovechó este hecho para marcharse del Congreso e informar al Rey de la situación que se vivía allí. También lo hizo con Raimon Obiols que, al ser uno de los pocos miembros de la dirección del PSOE que no era diputado, viajó de Barcelona a Madrid en aquellos momentos de incertidumbre para asegurar que los socialistas no quedaban absolutamente decapitados en aquella situación dramática. Anna escribió el libro Una mujer en la transición: confesiones en la trastienda, explicando su experiencia en aquella etapa.
Siempre siguió muy de cerca la situación internacional y participó en foros que impulsaban la reforma de Naciones Unidas, la paz en el mundo y el papel de las mujeres en la sociedad. En esta vocación internacionalista tuvo mucho que ver su contacto y, me atrevería a decir, devoción por la figura del primer ministro socialdemócrata sueco, Olof Palme, tristemente asesinado.
Anna se casó, tuvo cuatro hijos y desarrolló una tarea empresarial muy centrada en el turismo y los servicios. Estaba comprometida políticamente, sí, pero sobre todo era una mujer comprometida con la vida. Difícilmente dejaba indiferentes a los que la conocían y por eso su recuerdo no nos abandonará nunca.
Artículo publicado en La Vanguardia, 25.10.2025